Vacaciones en el mar. (Roma I)

Hoy os traemos a la memoria, a raíz de un viaje en barco que hicimos el año pasado, una serie que tuvo mucha audiencia en la época en que nuestra televisión sólo contaba con dos canales.

Imagen: Filmaffinity

En abril del año pasado decidimos pasar las Pascuas visitando la capital del Imperio. Roma: La ciudad eterna. Como la suelen llamar.

Una vez consultadas todas las posibilidades, nos decantamos  por desplazarnos hasta allá, por vía marítima.

Había una compañía que ofrecía una buena oferta y además contábamos con llevarnos nuestro coche con nosotros, lo cual es una ventaja si pretendes realizar alguna excursión fuera de la capital, cómo fue nuestro caso.

El barco en cuestión, en el que hicimos la travesía, era un ferry muy bien acondicionado, en el que viajas con todas las comodidades. Los camarotes son similares a los de la película de los Hnos. Marx, pero a su favor podemos decir que en su interior dispones de todo lo necesario.

La anécdota más graciosa nos sucedió cuando mientras desayunábamos, en un momento dado, por los altavoces se anunció que en breves instantes se iba a proceder a realizar un simulacro de evacuación.

La seriedad con la que la persona, perteneciente al equipo de abordo anunció el evento, así como la obligatoriedad de participar en el mismo, despertó en nosotros el sentimiento del deber,  resultaba una falta inexcusable si no acudíamos prestos a la señal.

Como el tiempo apremiaba, no tuvimos más remedio que engullir rápidamente el resto del desayuno y salir disparados hasta el punto indicado, que estaba en el extremo contrario del barco, frente a recepción.

A mi familia y a mí nos preocupaba llegar los últimos y que debido a la gran cantidad de gente que viaja en esta clase de barcos,  no pudiéramos captar bien todas las explicaciones y protocolos que se deberían activar en caso de naufragio. Por ello, nos extrañó que conforme cruzábamos el barco  esperando no encontrar un alma viviente, nos topamos con que la vida seguía su curso normal. Personas de aquí para allá, haciendo caso omiso a las contínuas llamadas. Vimos incluso a más de uno que dormía un plácido sueño en la sala de butacas.

Al ver aquella situación, no pude evitar hacer un comentario a los míos : <<fijaos que imprudentes, luego pasa lo que pasa. Si el barco se hundiera, no sabrían ni por donde escapar >>.

Al llegar al punto de reunión, nos encontramos con que las grandes aglomeraciones que esperábamos encontrar, en realidad se reducían a una veintena de personas. Dos o tres inocentes familias  como nosotros eran las únicas que habían acudido.

El primer problema se presentó cuando el personal nos comunicó que no disponían de chalecos para todos los que estábamos allí. Ante aquello, disimuladamente le dije a mi mujer: <<no te preocupes, seguro que tendrán más guardados, mujer. Además, las niñas saben nadar>>, pero mis frases de ánimo no parecieron convencerla demasiado.

Nos hicieron formar en filas, y a los primeros nos entregaron el chaleco. En mi caso el tema se complicó debido a que al ser varias tallas menor, no conseguía abrochármelo, y mientras lo intentaba con la ayuda de mi mujer, y mis hijas se reían de ver a su padre con semejante facha, comenzó el simulacro, o por así decirlo, el intento de simulacro.

Allí nadie se aclaraba, ni el personal que debía explicarnos qué hacer, ni yo con mi chaleco, al cual no le encontraba por ningún sitio el silbato reglamentario que los otros cabezas de fila lucían orgullosos. Mientras tanto, la azafata italiana (desconozco si en un barco se les llama de forma diferente) hacía varios tímidos intentos de explicar en varios idiomas, sin mucho éxito por su parte, lo que debíamos hacer en caso de que nos fuéramos a pique.  

Vista de Córcega

Al parecer, no estaba muy claro, porque acudió otro azafato que acabó de liar más la cosa. Los allí presentes nos mirábamos angustiados, y como no podíamos hacer otra cosa, nos entraba la risa floja.

Al fin, acudió el salvador de la situación. Un oficial vestido de marino que gesticulaba a la manera italiana, muy cabreado con sus subalternos. En menos de un minuto solucionó el asunto. Sin ayuda de traductor, en un italiano que comprendimos a la primera, nos dijo: <<ven Uds. esta puerta, pues por ahí se sale y se lanzan al mar donde estarán los botes para recogerlos. Punto. Fin de la historia >>

<<¡Ahhh! >>dijimos todos <<y para eso tanto rollo. Si nos lo hubieran dicho desde el principio… >>.

Devolví a sus dueños el dichoso chaleco sin pito que no conseguí abrochar y la masa se dispersó rápidamente. En nuestros rostros no se observaba demasiada tranquilidad tras la demostración.

Cuando mi familia y yo pisamos tierra firme en el puerto de Chivitaveccia, próximo a Roma, respiramos aliviados.

En el viaje de vuelta, cuando volvieron a convocar para un nuevo simulacro, recordé a aquella gente que pasaba olímpicamente y pensé que quizá en su gesto había más de resignación que otra cosa.

A continuación os obsequiamos  con un vídeo corto de la serie en cuestión. Cuántos sábados por la tarde pegados al televisor.

Por cierto, fijaos en las gafas del doctor. Ahora están a la última…. Y es que todo vuelve.

Saludos desde la buhardilla.

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