Desde nuestra buhardilla comparto con vosotros un relato que he escrito recientemente. Contiene una historia familiar, vivida hace ya unos cuantos años. Espero que disfrutéis de su lectura.

Prudencia levantó los ojos del tapete de ganchillo, que tenía prácticamente terminado. Miró a través de la ventana y observó que algo inusual ocurría en la casa de sus vecinos.
Tenía más de ochenta años y de ellos, casi sesenta los había vivido en esa casa. Allí era feliz. Había enviudado veinte años atrás. Sus hijos estudiaron en la capital. Ahora vivían en la ciudad con sus familias y apenas la visitaban, aunque se preocupaban de que no le faltase de nada.
Cada vez se movía con más dificultad, así que pasaba la mayor parte del día sentada en la mecedora, muy cerca de la ventana. Aprovechaba la luz natural mientras hacía ganchillo, su actividad preferida, y se entretenía viendo lo que ocurría en la calle.
Su casa se hallaba en una pequeña plazuela. Separada por una estrecha calle, en la otra esquina había una tintorería, enfrente tenía una tienda de comestibles y a pocos metros la pescadería. Muy cerca estaba la Plaza Mayor. Así que pasaba la mayor parte del tiempo muy entretenida. Eran muchas las personas que, de camino a sus quehaceres, paraban a saludarla y hablar con ella, aunque fuese a través de la ventana.

Desde allí también veía con claridad la casa de enfrente. Un edificio con tres viviendas y dos alturas. Una finca familiar. En el último piso vivía una familia formada por unos padres y sus cuatro hijos.
La hija mayor, por aquellos días había empezado a trabajar, el resto aún estudiaban. El pequeño pasaba las tardes jugando al balón con la hija del tendero. A Prudencia no le molestaban, pero sí había otras vecinas que se quejaban y no les permitían disfrutar de sus juegos.
A la hora de comer, cuando los comercios cerraron, llegó el coche con parte de la familia. Al poco tiempo se oyeron gritos desde la terraza.
Prudencia, que presumía de poseer buena vista y oído para su edad, tan pronto como oyó los gritos, no le pasaron inadvertidos. Fijó la vista en el piso superior y a los pocos minutos una ventana se abrió comenzando a salir humo.
Poco tiempo después llegó el resto de la familia. María, una de las hijas venía por la calle muy contenta, parecía contar una buena notícia a una amiga que la acompañaba. Entraron sin percatarse de nada.
Prudencia, presa del pánico, no sabía qué hacer, oía las voces de sus vecinos desde la terraza. Se abrieron más ventanas al exterior, y el humo oscuro e intenso fue saliendo poco a poco a través de ellas. Tras unos momentos Prudencia gritó ¡Socorro! ¡Socorro!.
El resto de vecinos ya estaban acostumbrados a escucharla llamar a una anciana, amiga suya, con ese nombre peculiar. Socorro solía pasar por la calle, y era un poco dura de oído, por lo que Prudencia solía alzar la voz para hablar con ella. Nadie acudió a su llamada.

Aquella mañana María tenía el examen práctico del coche. Nerviosa no podía apenas desayunar. Su madre antes de partir le dio ánimos y como acostumbraba, ante situaciones especiales, le aseguró que encendería una vela. Así lo hizo.
La vela, por precaución, puesto que la casa permanecería vacía durante la mañana, fue depositada en la pila. La cocina, recién reformada, contaba con un nuevo fregadero fabricado en resina. Un material resistente y de fácil limpieza, pero inflamable.
Cuando el humo se disipó, del fregadero no quedaba casi rastro. Se había transformado en un humo tan negro y tan denso que no permitía ver nada a dos pasos.
No hubo fuego, pero prácticamente toda la vivienda quedó ennegrecida, y el olor tardó semanas en desaparecer. Fueron necesarias muchas horas de limpieza y pintura para que la casa volviera a recuperar su aspecto.
María aprobó, sin dificultad, el carnet de conducir.

El anterior relato lo he escrito para el curso de «Escritura Creativa» que estoy realizando a través del INTEF.
Una de las tareas ha consistido en escribir un texto partiendo de una situación que nos haya ocurrido y a partir de ahí dejar volar la imaginación, mezclar lo real y lo imaginario, ver la historia a través de diferentes personajes…
¡Cuántas vivencias familiares podrían inspirarnos a la hora de escribir!
La experiencia del curso me ha permitido apreciar aún más la escritura. Y aumentar mi agradecimiento y admiración a aquellos autores, que son capaces de crear para que otros disfrutemos de la lectura.
Os animo también a que escribáis. Saludos desde la buhardilla.

